Fernando Sánchez Castillo: La ciudad sin héroes


Las revoluciones alcanzan su clímax en el momento en el que la multitud enfurecida derriba la estatua del dictador. En ese preciso instante se traza una línea de no retorno a partir de la cual todo parece posible.

Con los símbolos del poder, se derriba el poder mismo. Entre las ruinas y los hierros retorcidos, se construye un nuevo orden, que con demasiada frecuencia, se revela no mucho mejor que el anterior.

También la Modernidad derribó las estatuas de los antiguos caudillos y las sustituyó por otras de nuevo cuño. De hecho, la Modernidad y especialmente la vanguardia convirtieron la violencia iconoclasta en una de sus señas de identidad.

Estas ideas son algunas de las que se manejan en la obra de Fernando Sánchez Castillo, un artista que reflexiona en su trabajo acerca de los estereotipos revolucionarios, la violencia iconoclasta y la siempre delicada relación entre la imagen y el poder. Ahora expone sus últimos trabajos en la galería Juan Silio de Santander.

En la exposición se muestran pinturas, esculturas, fotografías y dibujos. Destaca la serie La ciudad sin héroes, en la que fotografías de pedestales vacíos, retratan monumentos transformados por la furia revolucionaria.

El propio Sánchez Castillo explica su trabajo mucho mejor que yo:

“En todas las revoluciones se eliminan los símbolos de los regímenes depuestos para ser sustituidos, al poco, por otros nuevos. Es el decepcionante final de las revueltas. La revuelta como periodo en el que se suspende el cuestionamiento en beneficio de valores nuevos que olvidan cuestionarse a sí mismos. Se reconcilian en su propia estabilidad. Dicha estabilidad, ilusoria, se torna casi unívocamente en totalitarismo. Es lo que Julia Kristeva ha denominado suspensión del retorno retrospectivo; suspensión del pensamiento.

Ante esta decepción nos caben dos opciones: la primera, el refugio en antiguos o retrospectivo. La opción b) es la del cuestionamiento absoluto para conducirlo hasta las fronteras de lo representable, de lo pensable, de lo sostenible. El hábitat del hombre moderno es la conflictividad inconciliable. Iniciado con las experiencias de «lo artístico», pero en expansión a los otros campos del pensamiento y de la actividad social.

Me interesa especialmente la aparición, casi ritual, del momento del terror revolucionario; el momento del vacío. El momento en que la guillotina es el monumento... (lo que ayuda a recordar). El pedestal, con los restos de los héroes depuestos, toma también esta función. Se torna en el lugar del sacrificio simbólico. El lugar en que el bronce se transmuta.

La ocupación de los pedestales es el primer síntoma del fracaso de la revuelta y del posicionamiento de un totalitarismo consensuado, en el que no hay reflexión sino una adhesión sentimental y nostálgica aun viejo orden.

Vivimos, en estos momentos, la erección de bronces para reyes y próceres que no los tuvieron en su época. Las conclusiones que podemos obtener son a cada cual más sorprendente. Desde la manipulación, no ya de la historia, sino del falso histórico con una finalidad sospechosamente ornamental, hasta la recomendación maniquea de lo que merece la pena ser recordado todo ello tiene un peligroso tufillo a totalitarismo sin rostro.

El proyecto que planteo actúa con las mismas estrategias populares del falso histórico o la ruina romántica, recuperadas por la posmodernidad ad infinitum. Pero...¿por qué no conmemorar el vacío? ¿por qué no poder convivir con el terror? ¿por qué no festejar nuestra capacidad para eliminar perpetuamente a los héroes impuestos o deseados? Recuperar la capacidad de pensar, defender el cuestionamiento continuo, como esencia del hombre contemporáneo.”

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